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2 Comments »angelcaído
TROYA, Gisbert Haefs. Una histórica novela.
¿Qué es una novela histórica? La pregunta os puede resultar baladí, y su respuesta, obvia, pero no adelantéis acontecimientos, pues debéis saber que esta cuestión levanta las más encendidas pasiones entre los estudiosos del asunto. Aprovecho mi recién terminada lectura de Troya, del novelista Gisbert Haefs, para meterme en el meollo y, con un poco de suerte, levantar alguna polvareda.
En principio, parece establecerse un enfrentamiento entre los partidarios de la Historia y los de la Literatura. Los primeros claman por la exactitud en las citas, los caracteres, los datos, las vestimentas, las comidas… que aparecen en el escrito. Nada debe escaparse al más férreo rigor histórico. Para ellos, todo, en la novela histórica, ha de respetar el marco y las circunstancias del tiempo en que se sitúa la narración. Por otro lado, los defensores de la novela, de lo literario, parecen aligerar estas obligaciones y buscan en el texto, preeminentemente, una historia bien contada, con independencia de que en la Jerusalén del siglo I ya se elaboraran tortillas de dos huevos o no, por ejemplo.
Hasta aquí, todo claro: la polémica se zanjaría con un simple posicionamiento. Los que inclinen su balanza por la Historia , que otorgen rango de «novela histórica» a lo que se ajuste a esos parámetros de rigor; los demás, que disfruten de las novelas, rigurosas o no, y de las pasiones que en ellas se reflejan. Pero vamos a complicarlo un poco más, a ver si comenzamos a discutir en serio.
En primer lugar, cabe preguntarse, ¿qué marco es el que debe respetar la novela histórica para ser llamada así en puridad? El histórico, sí, pero, ¿cuál? Durante siglos, algunas de las ciudades más emblemáticas de la antigüedad eran tomadas por muchos como quiméricas, ya que sólo aparecían en algunos pasajes de la mitología hebrea y, por herencia, cristiana. ¿Nínive, Ur, Mari? Si hablamos de la propia Troya, el libro del que ha surgido esta reflexión, ¿con qué marco histórico nos habremos de quedar, si los hallazgos arqueológicos se suceden y la propia Historia se va descubriendo a sí misma a medida que la ciencia trabaja?
Del propio Egipto, incluso en época helenística, ¿qué decir? La querida Alejandría comienza a ser descubierta ahora, con el gran puerto hundido. Ni siquiera sabemos ciertamente por qué se vinieron abajo todos los palacios. Existen distintas teorías: el peso de las edificaciones, en terreno poco propicio, un maremoto, una mezcla de ambos… Los mapas antiguos siguen ahí, y los franceses llevan algo más de diez años sacando piezas del Mediterráneo. ¿Esperamos a que las investigaciones hayan concluido y, una vez en posesión de todos los datos, comenzamos a escribir novelas? O eso, o deberíamos contemplar la tarea de actualizar las llamadas novelas históricas, a medida que historiadores, arqueólogos, lingüistas… nos van sirviendo nuevas certezas. El muchacho persa.2, Troya (la edición de 2010), Aníbal (más allá del WindowsXP). Ímprobo trabajo, cuando menos.
Imaginemos ahora la siguiente escena. Una mañana entro en la sala del Museo del Prado. Siguiendo mi natural inclinación por Velázquez, me acerco a ver Las Lanzas, para contemplar de nuevo ese bosque de picas ante el que se rinde la ciudad de Breda: no por dios, señor alcalde, no se incline, que esto está quedando para la posteridad. Velázquez pintaba el aire, ese espacio que hay entre nuestros ojos y los objetos. Pero, en este ejemplo, me fijo y noto que uno de los soldados españoles, alguno de los del fondo, para no alterar la escena principal… habla por el móvil. ¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Quién ha profanado el Prado esta madrugada para cometer tal desaguisado? ¿De qué compañía es el teléfono? ¿Hay buena cobertura en Breda? Anacronismo y de los gordos, un móvil en el siglo XVII… Y, sin embargo, los colores siguen siendo los mismos, el bosque de lanzas, el paisaje que se pierde llenándolo todo, la composición del cuadro como un manual… Sí, sin duda, la escena ha perdido todo el rigor histórico. Si este cuadro lo hubiese pintado un contemporáneo nuestro y no Velázquez en su tiempo, ya no podríamos llamarle «cuadro histórico». Muy bien. Pero, ¿dejaríamos de admirarlo por no poder adjudicarle esa etiqueta?
Cada día me siento más cómodo con la definición de Baroja para la novela: «un saco en el que todo cabe». Y, desde luego, cómo no va a caber en el saco una historia en la que el autor decida ser escrupulosamente exacto con el marco histórico. Pero también los otros. Desconozco qué juicio se hace por parte de los acérrimos de la novela histórica a la Troya de Haefs. He oído, eso sí, refiriéndose a ella, expresiones como «concesión a lo mágico», como si la sola referencia a lo mágico ya fuera una pérdida de algo, una claudicación. Novela: un saco donde todo cabe.
Así que, por si acaso, a la Troya de Haefs, un relato que me ha interesado más a medida que transcurría, la llamaré una «histórica novela», que es una clasificación que me acabo de inventar y de la que, si un día de lluvia me quedo sin los Episodios Nacionales de Galdós, ya enunciaré un catálogo de puntualísimas condiciones.
Me quedo, finalmente, con estas palabras que Haefs, en su «histórica novela», pone en boca de mi cada vez más admirado Ulises:
«¿Pero qué es la verdad? ¿Lo que se cuenta, lo que se vive, lo que uno cuenta, lo que cuenta otro? ¿No es cierto que el sol que nos abrasa durante días aparece en el recuerdo como luz y milagro cuando hemos pasado varios días de lluvia? ¿No es la verdad lo que hacemos de ella al acordarnos? Y además… ¿Quién quiere la verdad? ¿Es la piedra que aplasta a un monstruo más verdadera que la que empleamos para construir una torre que despierta asombro?».
«Verdad. Realidad. La realidad es lo que nos rodea y lo que configuramos. La verdad es el sistema de normas de la realidad».



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del
Tuesday, January 20th, 2009 at 12:58 pm en


Pues tienes mucha razón en el fondo, Angelcaído, pero a mí me sigue faltando en ciertos pasajes de esta novela cierta verosimilitud. Según la leía pensaba: “j*der, esto es magnífico” para añadir después “y este Ulises es increiblemente brillante”. Pero en otras ocasiones cavilaba yo: “y esto increiblemente increible”. Estas últimas impresiones no abundaron, pero fueron suficientes como para que me dejara un sabor agridulce la novela, pues por lo demás es magnífica. Gisbert sabe escribir y levanta cualquier cosa.
Compartimos la tirria por los géneros, que no son mayores convenciones que las que yo me monto en mi casa para ordenar los libros. Ahora bien, si lanzas la pregunta del marco histórico, yo te tengo que responder que se ha de respetar en la medida que el texto mantenga coherencia interna, primero, y después con los conocimientos del lector. Por ejemplo, si un autor me muestra a Hércules cual marine en Afganistán, por muy poca certeza que tengamos acerca del personaje, no me lo trago.
El mejor ejemplo de una novela histórica, siempre lo digo, que tiene muy poco de ciencia, es “El vellocino de oro” de Graves, llena de mito y superchería, y sin embargo es colosal y muy coherente.
En resumidas cuentas, que lo principal es saber escribir.
January 21st, 2009 at 12:34 am¡Menudo para de #*@|”*!
January 21st, 2009 at 4:09 pmDisfruté como un enano con “Troya”, pero coincido con Javier. Con “Aníbal” disfruté como dos enanos, porque no me chirriaban tantas cosas. Haefs, que fue tan puntilloso con la descripción de Kart Hadta, tiene resbalones poco permisibles en la novela que ahora reseñas (y que ya señalé en el foro de hislibris). Resumiendo: sitúa a Maduwattas en el reinado del Tudaliya equivocado (IV en vez de II), se empeña en diferenciar aqueos de micénicos (y no, Javi, no lo hace en el mismo sentido ni en la misma época que Latacz, cuando distingue entre Danaos y Argivos), hace escribir a los griegos del Bronce con “caracteres cananeos” (lo cual sucedió 400 años después), distingue a los hititas de los luvios (bueeeeno, forzando un poco, y si reducimos “hititas” a “nesitas”, se podría tolerar), confunde el uso indoeuropeo del carro (pesado, con lanceros acorazados) con el egipcio (ligero, con arqueros)… Hay más, pero da lo mismo.
Por ello hay que decidir (como en “el arco deplata”) si estamos ante una novela de aventuras (cojonuda, eso sí) o histórica. También es cierto que haefs suele ponernos el listón alto, y no le perdonamos lo que a otros más mediocres les pasaríamos por alto. Lo siento, Don Gisberto, es lo que tiene ser bueno…
Lo de la “concesión a lo mágico” es lo que menos me molesta de Haefs porque: a, es intencionado; b, lo anuncia de modo que no induce a error.