MOBY DICK. Ahab, Capitán del Odio.
9 Nov 2007, por angelcaído :: Literatura: "los 50 libros elegidos por LR", :: Literatura: Comentarios de libros, ¬> Aventuras, ¬> Narrativa en otros idiomas 8 Comentarios | 2,958 views
Ya hemos dicho en otras ocasiones: hay un interés por el lado turbio del alma. La literatura de nada valdría si no se ocupase, las más de las veces, de los pliegos más desabridos de lo humano. Dejamos hace tiempo en la memoria de la Revelación un escrito en el que nos lanzábamos a la mar, a bordo del Pequod, de la mano de ese inquietante narrador que es Ismael, a la caza de Moby Dick. La Ballena Blanca, el cetáceo por excelencia, una novela de culto, un clásico que, como tal, permite distintos niveles de lectura. Quién no se ha enrolado en las páginas de una edición infantil de esta obra de Herman Melville. Pero una lectura del texto completo, bajo los vientos propicios de una buena traducción ?esto es esencial?, nos muestran la finísima prosa de este escritor norteamericano, erudito pero amable.
El odio existe, está ahí, anida en recovecos nuestros. “Una realidad que se niega es una realidad que se nos rebela”, nos advierte Ortega y Gasset. Sin embargo, una y otra vez, nos vemos tentados a negar el odio, a mirar hacia otro lado cuando éste ocurre. Pero, si hemos de seguir el consejo de Ortega ?por qué no hacerlo, para uno que tenemos que piensa?, desecharemos la tendencia actual que considera que el humano es un animal cándido que, convenientemente educado, da siempre las gracias cuando le traen un café, respeta los turnos de palabra y se coloca en el lugar del prójimo, indefectiblemente, como si los genes lo arrastraran a ello. Lo siento, pero el odio es humano, y diría más: sólo humano. No me hago al ciempiés odiando, ni al ornitorrinco, ni a los olmos ni a las avestruces. Los humanos odiamos, lo mismo que fumamos o amamos o nos aburrimos. Y el capitán Ahab, que consagró su vida a la caza de Moby Dick, es el templo del odio.
En el momento en el que la novela acontece, Ahab tiene cincuenta y ocho años. Han pasado cuarenta desde que mató a su primera ballena, y de estos, sólo tres los ha vivido en tierra. Treinta y siete años, pues, navegando los siete mares, cazando ballenas, sacándoles el ámbar de sus entrañas, obteniendo el preciado esperma de sus cabezas, esa sustancia que, al parecer, estos animales usan para modular sus inmersiones y que, debido a su parecido con el líquido seminal, recibió ese nombre.
Moby Dick, terror marino, arrancó una pierna a Ahab, y desde entonces éste no ha dejado de incubar odio. Ahab odia profundamente, no sabe hacer otra cosa, y él mismo es consciente, lo reconoce:
“Para mí, la Gran Ballena es aquel muro, puesto delante de mí. Algunas veces pienso que no hay nada detrás. Pero es suficiente. Ella me abruma, me agobia; veo en ella una fuerza abusiva, fortalecida por una malicia inescrutable. Principalmente, es esa cosa inescrutable la que yo odio; y ya sea la Ballena Blanca el agente o bien que la Ballena Blanca sea la protagonista, descargaré mi odio sobre ella”.
El odio de Ahab ha cobrado tales dimensiones, se ha instalado de tal manera en sus entrañas, que el mero sentimiento no es suficiente. La fijación por el cetáceo es tal que se eleva a categoría religiosa. Ahab ha creado una liturgia personal que canaliza y articula su odio. Así, la cubierta del Pequod se convierte en una ermita marina, descubierta, de salitre, en la que él mismo se llega a comparar con el Papa católico y oficia el rito delante de la tripulación. Ahab, sacerdote ya del odio, sumo pontífice de la caza de la Ballena Blanca, bendice a sus arponeros:
“Encomendaos a estos cálices mortíferos. Ofrecedlos, ya que ahora sois parte de esta alianza indisoluble. ¡Ah, Starbuck! La hazaña está hecha. Aquel sol ratificante aguarda ahora para posarse sobre ella. ¡Bebed, arponeros! ¡Bebed y jurad!, marineros que tripuláis la mortal proa ballenera: ¡muerte a Moby Dick! ¡Que Dios nos dé caza a todos si no cazamos a Moby Dick hasta matarla!”.
Bebed y jurad, ora. Tomad y bebed, resuena en nuestros oídos una letanía parecida.
Habitualmente, se expone al amor como contraposición del odio. Pero es esta una valoración que no resiste un examen somero. El amor es volátil, está sujeto a caprichos; los objetos o personas amadas suelen cambiar, a veces sin que el amante detecte estas mudanzas inmediatamente. El amor, en definitiva, se nos antoja como un efecto hormonal que, por tanto, más se parece a un dictado ajeno a nuestras voluntades. Sin embargo, el odio es premeditado, alevoso, voluntarioso. No sabemos nada de la fidelidad de quienes nos aman: pero estamos completamente seguros del odio de quienes nos odian. El amor, por tanto, no es la contraposición del odio, sino algo ajeno y completamente distinto: en consecuencia, pueden convivir en un mismo ser. La otra cara de la moneda del odio es la desidia, la falta de voluntad. No existe un ser que odie que se deje llevar por el desánimo ni la pereza. Colocadle al indolente un odio a la vista y saltará de su perezoso sofá, removerá los cimientos de la tierra y conspirará con una paciencia y una lucidez que lo harán digno de convertirse en general de Alejandro.
De nuevo, Ahab es paradigmático en su odio. Observemos hasta dónde puede llegar su voluntad:
“¡Venid y ved si podéis desviarme de mi propósito! ¡No podéis desviarme […]! El sendero que me conduce a mi propósito fijo tiene raíles de hierro, en donde mi alma está lista para correr. Sobre los inseguros desfiladeros, a través de los estriados corazones de las montañas, bajo cauces torrentosos, me precipito infaliblemente. ¡Nada es un obstáculo! ¡No hay sesgos para el camino de hierro!”.
¿Qué quedaría de Ahab si le extirpáramos su fijación por Moby Dick? Probablemente, nada. Un señor de cincuenta y ocho años que contaría los días que restan para su jubilación, una nadería viendo pasar los días de forma circular y monótona: un ser humano más, entre tantos millones de seres anodinos y sin objetivo vital. Quitarle a Ahab el odio es como quitarle la H: es desarmarlo, desalmarlo.
Coherentemente, si un odio es despertador de voluntades, es porque está presente de continuo en la mente del que lo ejerce. Moby Dick no sólo es la identificación de todos los males del capitán Ahab, sino que parece inusualmente enorme y llega a considerársela una superstición: se dice de ella que es inmortal y, lo que más nos importa, omnipresente. Ni siquiera cuando la vigilia deja paso al sueño reparador, Ahab encuentra descanso. No es raro que duerma sentado en una silla, en posición erecta, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos apuntando a la brújula de la cabina, donde los capitanes se informan desde abajo del curso del barco.
El odio como religión, entonces. Y, en vez de bendecir panes, vinos, cruces o litros de agua fresca, el rabino Ahab bendice su arpón, haciendo posar sobre el hierro candente su más demoníaco latín: “Ego non baptizo te in nomine Patris, sed in nomine diaboli”: no en el nombre del Padre, sino en el nombre del diablo.
Ya sabemos cómo terminó Ahab, hundiéndose en lo más profundo de los océanos, enredado entre las cuerdas que se habían lanzado contra Moby Dick junto a los arpones. Pero este desenlace fatal ya es algo que veíamos venir desde el principio de la narración, cuando Ahab, aún con más de setecientas páginas por delante, admite haber perdido el gusto por el tabaco y arroja su pipa al mar, jurando que no volverá a fumar. Alguien a quien el odio ha llevado a este extremo, es alguien perdido.
¿Podemos concluir entonces que el odio está dentro de nosotros? Después de lo dicho, convengamos, mejor, que es Ahab el que vive en nuestras entretelas, y que todos, azuzados con destreza, podemos llegar a convertirnos en un Ahab iracundo que fuma en cubierta pendiente de la aparición de Moby Dick. Cuidado, Ahab nos acecha. Como una fuerza cósmica, irracional, como una demoledora Ballena Blanca.

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9 November 2007 a las 12:23 pm
Como me gusta este libro. Sin entrar en metáforas y paralelismos, la historia desnuda ya me resulta brillante.
Y el Mal, qué buen articulo Angelcaido.
9 November 2007 a las 11:48 pm
Enhorabuena por el comentario, angelcaído. En tu línea de siempre.
10 November 2007 a las 11:31 pm
El artículo se ajusta perfectamente al sentimiento de Ahab, o al menos el que a mí me llegó. Qué acertado: Ahab como gran hombre, pero gran hombre gacias a su odio. Sin su odio, no hay hombre. Ay, las motivaciones humanas.
13 November 2007 a las 7:57 pm
Buah, qué pasada de artículo, angelcaído.
10 July 2008 a las 12:56 pm
[...] Y me alegro, además, porque acabo de ver a John Houston ahí delante (el Pequod, de estantes; las hojas, las olas) gritándole a Ahab. Que, a su vez, vocifera a la Ballena. (Que, a su vez, se hunde). Y a mi lado vuelve a estar, sentado en la silla y contemplando la materialización de su escrito, de lo adaptado con el permiso (y la bendición, me atrevería) de Herman Melville, allá por 1956, quien acaba de dejarme repasando conversaciones asombrosas en su revuelto pero acogedor armario de E.T. (como él dice…), en su cámara de las maravillas, en su laberinto del tesoro. [...]
11 July 2008 a las 10:46 pm
Soy una incansanble defensora de las ballenas desde el año 2006 pero la curiosidad a veces me lleva muy
lejos por lo que me gustaría saber si el Capitán Ahab
vive se murió o si es un anciano sin esperanzas ya
que en una campaña virtual que llamaba IGO uno de los
participantes dijo que habría que enfrentar al Capitán AHAB Espero resppuesta pronto muy pronto
CECILIA FLORENCIA AVARO
14 April 2010 a las 1:08 am
mmmmmmmm no se q decir jajjajajajajajjaja
14 April 2010 a las 11:20 pm
Ostras. Cecilia, si encuentras al Capitán, dile que aún no me ha devuelto el arpón que le presté.