EL PRINCIPITO, sensibilidad dionisíaca.
3 Sep 2007, por javi :: Literatura: "los 50 libros elegidos por LR", :: Literatura: Comentarios de libros, ¬> Fantasía Sin Comentarios | 3,071 visitas
Durante gran parte de su vida, Antoine de Saint-Exupéry, se comportó de una manera francamente apolínea: ordenado, recto, valiente, viril. Es normal entonces que, para sus lectores newyorkinos, la aparición de El Principito fuera un jarro de agua fría: no lo entendieron, parecía otro autor. Pero siendo niño y estudiando en los jesuitas, era famoso por sus faltas ortográficas y su poca capacidad para los estudios que no fueran artísticos y más caóticos. Algo debió recordar en sus últimos años de vida.
Mar Mediterráneo, Córcega, a 31 de Julio del año 1944.
Podríamos pensar que aquel día nuestro autor partió a visitar sus particulares asteroides, en su querido avión. Que llevaba una traicionera serpiente la cual, salida de la tierra, le iba a inocular su particular veneno, pactado desde hacía tiempo: le llevaría a lugares en donde ni un navío, ni siquiera un avión le podrían conducir, la única que podía desvelar todos los enigmas.
Fue entonces cuando hizo su último viaje, aquí, en la tierra, en donde había percibido ya casi todo: los cráteres de Dakar y el desierto Libio –en donde con toda seguridad conoció a su reptil-, había sentido el aislamiento y la estupidez de una gran ciudad, había visto allí hiladas de gente conducirse sin ningún sentido, hacia ninguna parte, sin otra motivación que su profundo estado alienado; sólo percibió miradas inteligentes, soñadoras y dueñas de un cierto análisis en sus niños, en la inocencia de todo aquel que se acercara a la infancia. Vio la estupidez del que acapara, del que busca sin sentido, de la inutilidad de la mayoría de las acciones, del poder absurdo, de la erudición insana. Conoció la pérdida del sentido de la vida. Y todo esto gracias a ver las cosas bajo la mirada del corazón pues “lo esencial es invisible a los ojos”.
En sus viajes se encontró con su rosa, con su amada Consuelo, particularísima flor, pues era para Él única. Conoció muchas más, jardines repletos de ellas; pero os aseguro que no era lo mismo, y os lo digo como Él lo decía, como Él podría afirmar. Con ella discutía, su amor fue tormentoso: la rosa, en su fugaz belleza, caprichosa; nuestro autor, en su humana tozudez, incomprensivo:
“¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡Me perfumaba y me iluminaba la vida. No debí haber huido jamás! ¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla”
Pero, como dijimos, ya conocía suficiente. Quería ir más lejos, conocer más planetas.
Mar Mediterráneo, Marsella, en el año 1998.
Un pescador recoge del mar una pulsera, una joya con el nombre del autor y de su rosa, de Antoine de Saint-Exupéry y de Consuelo. Seguramente el escritor le hubiese dicho al marinero:
“Has hecho mal. Tendrás pena. Parecerá que estoy muerto, pero no es verdad. ¿Comprendes? Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que pesa demasiado. Será como una corteza vieja que se abandona. No son nada tristes las viejas cortezas…”
Nosotros lo comprendemos, pensamos que ahora estará cuidando de su Consuelo. “El principito cubre la flor con su fanal todas las noches y vigila a su cordero“. Entonces nos sentimos dichosos y todas las estrellas ríen dulcemente
Nota: Antoine de Saint-Exupéry desapareció mientras pilotaba su avión en la II Guerra Mundial. En el año 2000 sus restos fueron hallados y, entre ellos, figuraba una pulsera con el nombre de Consuelo, su esposa y tormentoso amor.













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