CUENTOS: la narrativa que vino del humo, por Julio Cortázar
20 Aug 2007, por angelcaído :: Literatura: "los 50 libros elegidos por LR", :: Literatura: Comentarios de libros, ¬> Narrativa en castellano, ¬> Relatos y cuentos 3 Comentarios | 2,831 views
— ¿Cuándo dejará usted de escribir con ese estilo tan adelantado? A veces no entendemos lo que escribe.
— Cuando ustedes dejen de inventar motores que yo tampoco entiendo —contestó Julio Cortázar, tras su sempiterno cigarro.
El argentino Julio Cortázar nació en 1914 en Suiza (porque los argentinos nacen donde quieren: como dijo Borges, son hijos del barco), pero a los cuatro años sus padres ya habían regresado a su país natal. El padre los abandona y a Julio lo crían su madre, su abuela y su tía; el matriarcado se completa con su hermana Ofelia, un año menor que él. Comienza a volar por su cuenta como maestro de escuela tanto en Buenos Aires como en provincias y desde pronto se apega al francés, idioma que le resolverá la cuestión económica mediante las traducciones. El resultado final de este “afrancesamiento” es que en 1948 se traslada a París. Allí permanece hasta el 12 de febrero de 1984, fecha en que se da de baja, definitivamente, en esto de vivir y escribir.
Podríamos haber escogido su obra más famosa, Rayuela, del mismo modo que de García Márquez hemos hecho con Cien años de soledad, sin embargo, la monumental y maravillosa Rayuela de Cortázar se nos antoja un hueso duro de roer, en ningún modo un título con el que se pueda fomentar la lectura (salvo de aquéllos que ya tienen incrustadas miles de páginas en sus ojos). Como ejemplo, citaremos un caso real, el de un chico de quince años al que su profesora le recomendó Rayuela. En efecto, se lo cargó. El chico desarrolló una aversión profunda por la lectura que le ha durado más de diez años. Afortundamente, se topó con Hollywood, de Bukowski, y a partir de ahí volvió a disfrutar leyendo. La profesora sigue ejerciendo, por cierto: no la pusieron en “busca y captura”.
Sin embargo, los cuentos de Cortázar sí que conforman una deliciosa caja de bombones en la que golosear, apta para regalar a cualquiera a quien deseemos propiciar disfrute. Enumeremos sus distintos tomos de cuentos, pero hablemos de algunos de ellos en concreto, tal y como hacemos con un surtido de galletas, sin elegirlas disciplinadamente, sino más bien guiados por la apetencia, la predilección por el coco o la debilidad hacia el chocolate. Sus libros de cuentos son:
Bestiario (1951)
Final del juego (1956)
Las armas secretas (1959)
Todos los fuegos el fuego (1966)
La vuelta al día en ochenta mundos (1967)
Último round (1969)
Octaedro (1974)
Alguien anda por ahí (1977)
Un tal Lucas (1979)
Queremos tanto a Glenda (1981)
Deshoras (1982)
Comencemos por Casa tomada, precisamente de Bestiario, el primer tomo. Es un cuento que bien pudiera haber escrito el Luis Buñuel de la etapa mexicana. ¿Recuerdan El ángel exterminador, esa película en la que no pueden salir de la casa, no se sabe bien por qué? Pues en este cuento, Cortázar hace lo contrario: una pareja se muda a vivir a un caserón y están encantados con la distribución, la luz y las prestaciones del mismo. Sin embargo, la casa irá siendo tomada. ¿Por quién? ¿Con qué derecho? ¿Qué está pasando? No importa tanto eso como el hecho de que, en efecto, la pareja intenta adaptarse a la nueva situación y continuar su convivencia con normalidad. La cosa irá a más y se volverá insostenible, pero no diremos nada más, por supuesto. Ojo, eso sí, con la última frase del cuento, porque en ella se destila todo el humor que latía en la prosa del argentino.
En La autopista del sur ( Todos los fuegos el fuego ), cuento que nos sonará tremendamente actual a los que vivimos en una ciudad en obras, ocurre que, un domingo por la tarde, cuando toda la tropa regresa a su casa tras pasar el fin de semana en la sierra, el atasco es superior a todo lo conocido. No serán dos o tres horas las que se detengan los automóviles, impotentes ante el colapso del tráfico, sino semanas y semanas. ¿Qué relaciones humanas se hilvanarán entre los conductores, los copilotos, toda esa población inmovilizada? Interesante, ¿verdad?
A veces Cortázar, superado por su afán de lector, tal y como les ocurre a tantos escritores (su compatriota Borges es el máximo ejemplo) decide violar las fronteras que existen entre la realidad y la literatura, y entonces nos enreda y no sabemos ya si nos encontramos ante un cuento, ante una crónica que narra algo que realmente ha pasado o, incluso, inmersos dentro del mundo literario mismo. Por su brevedad, genialidad y contundencia, ofrecemos el cuento íntegro a continuación de este artículo.
Clásicos que hay que citar: La señorita Cora, El perseguidor, El río, Alguien anda por ahí… Y no nos resistimos a hablar, pese a lo escrito al principio, del capítulo 68 de Rayuela , que se puede leer como cuento independiente y en el que, con palabras inventadas, Cortázar narra un encuentro íntimo entre dos personas. Dice así:
“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfia”.Lean a Cortázar, comiencen por sus cuentos, continúen con Historias de Cronopios y Famas y, por qué no, pertréchense de buena literatura para, finalmente, acometer la lectura de Rayuela , esa pieza de jazz que se puede leer de dos formas, que dice tantas cosas, que nos deja marcados y de la que nadie sale siendo el mismo que entró. Lean a Cortázar. Lean a Cortázar, comiencen por sus cuentos, continúen con y, por qué no, pertréchense de buena literatura para, finalmente, acometer la lectura de , esa pieza de jazz que se puede leer de dos formas, que dice tantas cosas, que nos deja marcados y de la que nadie sale siendo el mismo que entró. Lean a Cortázar.Lean a Cortázar, comiencen por sus cuentos, continúen con y, por qué no, pertréchense de buena literatura para, finalmente, acometer la lectura de , esa pieza de jazz que se puede leer de dos formas, que dice tantas cosas, que nos deja marcados y de la que nadie sale siendo el mismo que entró. Lean a Cortázar.Lean a Cortázar, comiencen por sus cuentos, continúen con y, por qué no, pertréchense de buena literatura para, finalmente, acometer la lectura de , esa pieza de jazz que se puede leer de dos formas, que dice tantas cosas, que nos deja marcados y de la que nadie sale siendo el mismo que entró. Lean a Cortázar.
Lean a Cortázar, comiencen por sus cuentos, continúen con y, por qué no, pertréchense de buena literatura para, finalmente, acometer la lectura de , esa pieza de jazz que se puede leer de dos formas, que dice tantas cosas, que nos deja marcados y de la que nadie sale siendo el mismo que entró. Lean a Cortázar.
Continuidad de los parques:
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adqurían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

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10 March 2008 a las 12:19 pm
[...] Si retrocedemos en el tiempo hasta llegar a la mitad del siglo XX, encontraremos el surgimiento de una camada de nombres que ganó su espacio en un gran número de bibliotecas del mundo. El éxito editorial, sin precedentes hasta aquel entonces, daba la pauta innegable de que esos escritores habían llegado para quedarse. De ese “boom” latinoamericano quedan hoy decenas de libros clásicos, abarcando excelentes autores, desde Julio Cortázar hasta quien nos referiremos en este artículo, Gabriel García Márquez y su “Crónica de una muerte anunciada”; si bien no es la obra que lo catapultó a su consagración (aunque esto en realidad queda a criterio de cada persona) tiene ese encanto particular que cautiva y atrae a los lectores a insertarse en sus páginas. [...]
2 April 2008 a las 5:55 pm
Márquez tiene en esa novela la gracia de atrapar al lector desde que empieza su lectura.Lo atrapa,seduce su intriga y lo deja sumergido de buena gana en todo ese mundo de la obra.Una obra digna de su tiempo(el tiempo en el que se desarrolla la historia).Creo que si la historia se situara en estos tiempos,toda esa persecución por parte de los mellos,ese no saber nada de santiago,quedaría todo sin piso firme con esto de la modernida y todas sus maravillas(entre ellas el celular).
3 April 2008 a las 1:44 pm
Uy, Ricardo. Me temo que publicaste tu comentario en una entrada que no es la del libro al que haces referecia. Visita este vínculo: http://la2revelacion.com/?p=196