MOBY DICK, Nos vamos de caza con Herman Melville.

De la caza de la ballena blanca nadie vuelve siendo el mismo. Algunos, directamente, no regresan. Y quienes lo hacen llevan ya siempre, en el telar de la vista, los hilos del conocimiento, del odio, de la desesperación, de la supervivencia.

Pues sí, la verdad es que sí, Herman Melville, a qué negarlo. Quién no ha experimentado en alguna ocasión, como dices, ganas de echarle un órdago al insensible pasar de las horas, quién no se ha quemado con los ardores por partirse la cara con los calendarios y las horas y espetarles: ¿dónde os habéis llevado mi tiempo, maldita sea? Un puerto no vendría mal en esas ocasiones, Herman, un puerto en el que subir a bordo de La Hispaniola, de la nao de Ulises, del Nautilus, del Faraón… Cualquiera de ellos nos valdrían, cualquiera que nos garantizara que en menos de media hora nos iban a llevar mar adentro, a ese punto en el que, como dijo el otro, comienza la verdadera libertad.

Pero hoy permíteme que escoja el tuyo, el Pequod, el barco del capitán Ahab, al que nos exiliamos mientras el capitán, ciego de ira y carcomido por la venganza, clava en el palo mayor una moneda de oro, premio para el que aviste a la ballena. Dilo tú, Herman, di otra vez cómo es el Pequod.

“Un barco de antigua escuela, más bien pequeño si acaso, todo él con un anticuado aire de patas de garra. Curtido y atezado por el clima, entre los ciclones y las calmas de los cuatro océanos, la tez del viejo casco se había oscurecido como la de un granadero francés que ha combatido tanto en Egipto como en Siberia. Su venerable proa tenía aspecto barbudo. Sus palos -cortados en algún punto de la costa del Japón, donde los palos originarios habían salido por la borda en una galerna-, sus palos se erguían rígidamente como los espinazos de los tres antiguos reyes en Colonia. Sus antiguas cubiertas estaban desgastadas y arrugadas como la losa, venerada por los peregrinos, de la catedral de Canterbury donde se desangró Becket”.

Como para quedarse en tierra. Aunque el capitán, Ahab, al que siempre imaginamos como un Odiseo envejecido deshecho por el cáncer del odio, esté tan rematadamente loco como para llevarse por delante la vida de toda su tripulación. Por delante, para abajo, hasta el fondo del mar, hasta los mismos infiernos, en pos de Moby Dick, de la ballena blanca, la ballena asesina, el Leviatán maldito que asesina sin discriminar, que se llevó una pierna de Ahab lo mismo que un cocodrilo se llevó la mano y parte del brazo de otro capitán, de Hook. Qué odios germinan cuando un animal nos amputa un trozo de vida. Es entonces cuando se elevan los instintos del bicho a categoría moral, cuando es necesario convertirlos en encarnaciones demoníacas, para que les quepan dentro todo el odio que destilamos.

Pobre tripulación en manos de un loco, Herman. Y qué hombres, conscientes de que perdían la vida pero leales a su capitán, oh, capitán, hasta el punto y final. Queequeg, el salvaje tatuado, arponero divino, fuego y carne que no habría desentonado a las puertas de Troya. Starbuck, primer oficial, uniformado y cabal, en manos de quien el Titanic se hubiese desalojado pacíficamente. Y toda esa tropa, seres marcados, seres de coñac y ron, son la tripulación de siempre, de la Historia: son los que iban con Ulises y a los que Circe convirtió en cerdos, los mismos que zarparon rumbo a las américas huyendo de la Europa feudal, son los que se instalaron de mar en mar, lejos de ministros y de leyes, son la tripulación que muere en Trafalgar y que, aún consciente de que su sacrificio no sirve de nada, lo hace sin aspavientos, con gesto digno. E Ismael, claro está, Herman, Ismael, al que el patrón del Raquel encontró cuando buscaba a sus hijos náufragos. Ismael, náufrago ya, aferrado al ataúd de Queequeg, único superviviente que dejaste, quizá sólo para que nos contara la historia.

Que las esperanzas se hundan bajo las aguas no nos hará quedarnos en tierra; que tengamos la certeza de que la mayoría de ellas quedarán sepultadas bajo la tumba marmórea de los océanos, junto a Ahab enredado a la ballena entre arpones y cables, no nos achantará, no nos convetirá en pusilánimes.

Saldremos contigo a cazar a Moby Dick, porque hay días, sí, como te decía al principio, Herman, en que uno querría embarcarse para siempre, días en que no se puede dejar de estar de acuerdo con Mario Vargas Llosa cuando dijo que quien no hubiera salido con Ahab en busca de la ballena blanca no sabía lo que es la literatura. Y parece asombroso, no me lo niegues, que esta máquina de hacer abono que es el ser humano sea capaz, por todos los diablos del mar, de hacer, a ratos, literatura. Casi nada. Nos cogemos a tu libro, edición rústica, manoseado, antiguo de polvo, como Ismael se cogió al ataúd. A ver quién nos recoge a nosotros.

 

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2 Comentarios en “MOBY DICK, Nos vamos de caza con Herman Melville.”

  1. Bartleby el escribiente, Herman Melville. | La2Revelación, reseñas, articulos y opinión Says:

    [...] Sin embargo, a optaremos por un cuentito deslumbrante del mismo autor de Moby Dick. De algún modo, Herman Melville, tras dar caza al capitán Ahab mediante la ballena blanca, se encuentra liberado de la obra mastodóntica, y se da, entonces, a cruzarse de brazos ante la humanidad, el porvenir, el deber y la historia de la literatura. Y dice, simplemente: Preferiría no hacerlo. [...]


  2. RAY BRADBURY. Escribir para no estar muerto, y otras metáforas, 1ª Parte. | La2Revelación, reseñas, articulos y opinión Says:

    [...] Y me alegro, además, porque acabo de ver a John Houston ahí delante (el Pequod, de estantes; las hojas, las olas) gritándole a Ahab. Que, a su vez, vocifera a la Ballena. (Que, a su vez, se hunde). Y a mi lado vuelve a estar, sentado en la silla y contemplando la materialización de su escrito, de lo adaptado con el permiso (y la bendición, me atrevería) de Herman Melville, allá por 1956, quien acaba de dejarme repasando conversaciones asombrosas en su revuelto pero acogedor armario de E.T. (como él dice…), en su cámara de las maravillas, en su laberinto del tesoro. [...]


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