LAS ROSAS DE ANITA. Esas rosas; esas, en particular.

Sumergirse en la lectura de las Rosas de Anita, de Ángel Mario Fernández Dárdano (1), es como aceptar una invitación a pasar una tarde relajada acompañada de un buen té y una charla agradable y tranquila. Uno acepta la invitación, y a partir de ese momento, nada es lo que uno esperaba experimentar en el tranquilo devenir de las horas junto a una taza de té; té de rosas, para ser exactos.

Quién acepta la invitación a hacer la lectura de “Las rosas de Anita”, debería saber que la historia no está completa hasta el fin, y que nada podría ser lo que parece página a página de la novela; no obstante, es el trayecto, con su destino final, lo que hace que la lectura sea tan intensa e intrigante. De inicio, nos encontramos con una situación inexplicable (una bondadosa ancianita es golpeada brutalmente por el hijo adoptivo a quien abrió las puertas de su casa para mantenerlo y alimentarlo con toda dedicación) que va convirtiéndose en una historia narrada con toda precisión por parte de cada uno de los personajes.

No sé cuál parte de la historia he disfrutado más, no sé cuál relato me parece el más completo o convincente. Pero de algo sí estoy segura con “Las rosas de Anita”: todo depende del cristal con que se mire, las apariencias engañan, y la última palabra la tiene solamente el lector. Esta última palabra es: “genial, vaya viaje lleno de sorpresas”.

No contaré más sobre la trama, estropearía la lectura de quien no se ha adentrado aún en el fascinante mundo de esa casona donde Anita, a un mismo tiempo, cultiva rosas y cría niños de la calle en Remedios de Escalada.

Decir sólo que la historia es tan sorprendente como deliciosa; que uno al leerla ríe, se lamenta, se asombra y nunca, nunca, se está preparado para el rumbo que van tomando los acontecimientos. La novela se compone de cinco capítulos que sólo en apariencia están terminados al pasar de uno a otro. Una segunda lectura diría que vale la pena leerlos de nuevo para recrearse en la maestría del autor al ir tejiendo su trama: una cosa que lleva a la otra, o que la explicaba ya de antemano, pero de forma tan sutil que, nuevamente, “nada es lo que parece”.

Me muerdo la lengua para no utilizar varios dichos populares que podrían resumir la esencia de “Las rosas de Anita”; si los incluyera ahora mismo, rompería todo el encanto de que el lector lo descubra por sí mismo.

Leed “Las rosas de Anita”, para poder, ahora sí, hablar como conocedores acerca del secreto que esconde.

 

Gabriela de la Peña Astorga.
(Briela)

 

(1).- Fernández Dárdano, Ángel Mario (2005). “Las rosas de Anita”. Barcelona: Biblioteca CyH. Finalista del premio de novela corta Ángel Miguel Pozanco.

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1 Comentario en “LAS ROSAS DE ANITA. Esas rosas; esas, en particular.”

  1. Thomas Lash Says:

    Me muero de ganas por leer esta novela! Se ve bastante interesante y con sentimientos encontrados en su desarrollo


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