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2 Comments »angelcaído
PIERRE MENARD, AUTOR DEL QUIJOTE, Jorge Luis Borges
La actualidad nos vuelve a traer a Cela, al Premio Planeta, al editor Lara, a la antiquísima disputa sobre la cuestión del plagio. La cruz de San Andrés es una novela del gallego de la que recuerdo especialmente el último párrafo, escrito con una contundencia que en su día me pareció admirable.
Hoy no me parece nada, porque no la recuerdo con exactitud, pero me atrevo a creer que se me seguiría antojando como escrito por Dante, que es lo que pensé cuando leí cómo se refería Cela a los pájaros, gaviotas, me temo, al terminar su obra.
María del Carmen Formoso denunció que La cruz de San Andrés era un plagio de su novela Carmen, Carmela, Carmiña, que ella había presentado, opinamos que cándidamente, al Premio Planeta aquel dichoso 1994. Tantos años después, una juez de Barcelona ha dado alas a la escritora, que continuará con su proceso judicial contra la editorial. Sorprenden varios aspectos del asunto. En primer lugar, la velocidad de la justicia. Por lento que sea un escritor, ¿cuántas novelas habría escrito durante el tiempo que la causa de Formoso se ha ido cociendo a fuego lento en los fogones de los juzgados? Más de diez años de dimes y diretes. Santos dioses, si es que les ha dado tiempo a memorizar los textos.
En segundo lugar, la juez ha encargado un informe pericial literario. Y esto suena un tanto siniestro. Uno pensando qué hacer con las palabras, cómo arrancarles un poema, un himno, una oración, y resulta que luego hay tipos, a los que intuimos con gabardina y en blanco y negro, sometiendo a los textos a autopsias. En el caso de Cela, el test ha dado positivo, no sabemos cómo ni con qué criterios ?y preferimos seguir en el bendito desconocimiento de cómo meter el bisturí a una novela?. O sea, que puede que, según la verdad judicial, Cela plagiara a Formoso.
Pero, ¿qué es un plagio? ¿Quién plagia a quién? ¿Cómo se plagia? Si nos inquietan estas preguntas, debemos hablar de un plagiador ilustre, Pierre Menard.
Lo que sabemos de él se lo debemos a Jorge Luis Borges, ese escritor suizo nacido en Argentina, que le dedicó un cuento en su libro Ficciones. Ahí nos habla de la bibliografía oficial de Menard, de la que me parecen destacables una lista manuscrita de versos «que deben su eficacia a la puntuación» y un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre, donde «propone, recomienda, discute y acaba por rechazar tal innovación».
Pues bien, Menard decidió, a principios del XX, escribir El Quijote. No escribir otro Quijote, sino El Quijote, tal cual, como suena. «Mi propósito es meramente asombroso», dice Borges que dijo Menard. Como preparación para tan admirable tarea, ideó en principio un método: «Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y 1918, ser Miguel de Cervantes». Pero descartó el plan, porque le pareció demasiado fácil. Escribir El Quijote habiéndose convertido en Cervantes no tenía mérito: lo meritorio sería escribir El Quijote en la misma piel de Pierre Menard. Y a ello se puso. Conozcamos algo del resultado y comparemos el texto cervantino con el menardiano.
Cervantes, en el capítulo nueve de la primera parte, escribe: «la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir». En la versión de Pierre Menard, leemos:«la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir». Dicen lo mismo, diréis. Sí, pero no es igual. Como muy bien observa Borges, Cervantes se limitó a manejarse con soltura con el lenguaje y los conceptos de su tiempo. Que entienda la historia como origen de lo que sucedió y no como su estudio, no nos sorprende en un hombre de su siglo. Pero que alguien, a principios del XX, entienda que la verdad histórica no es lo que sucedió, sino lo que entendemos que sucedió, eso ya alcanza lo sobresaliente. Es decir, el que escribe no es tanto el autor como el lector, al considerar el contexto en el que se escribe. Aquí huele a Hegel. Y hablar de plagio ya suena pueril, a rabieta, no tiene sentido. ¿Denunciamos al siglo XX?
Pierre Menard, a decir de Borges, murió sin acabar su tarea. Sólo pudo escribir completos los capítulos nueve y treinta y ocho de la primera parte de El Quijote ; el veintidós lo dejó inconcluso. Él mismo había admitido que la tarea «no era difícil, esencialmente; me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo».
Para Borges, inserto en su natural juego de espejos y laberintos, el que plagia no es el segundo que escribe, sino el primero. Cervantes fue el que plagió a Menard. Por tanto, entendemos que lo que tiene que hacer Lara Bosch, el editor de Planeta, es presentarse ante la juez con un abogado borgiano que la convenza de que la que plagió fue Formoso, y no Cela. A ver cómo le explican estas ficciones al perito literario. Mira que sale alguien denunciando que el informe pericial es un plagio…



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Entrada
del
Thursday, April 23rd, 2009 at 12:54 pm en


Me ha gustado mucho el artículo…
Queden las siguientes apostillas:
+Toda lectura es un plagio y si no llega a los tribunales es porque, por lo general, no se escribe ni se manda a ningún concurso literario.
+Todo hombre que hable, diga o escriba está, irremediablemente, plagiando las palabras del común, y aún más socarronamente: vendiéndolas.
+El propio lenguaje es un plagio de sí mismo.
+Plágiese todas estas ideas y la del artículo incluido.
Salud!
April 24th, 2009 at 10:00 amPuestos a sincerarse, reconozco sin tapujos que soy un absoluto plagio de mí mismo. Y lo que es aún más grave: según el día, un mal plagio…
Un abrazo, Angelcaído…
April 24th, 2009 at 11:12 pm