VIRGILIO, poeta en servicio
20 Jul 2007, por javi :: Literatura, autores, ¬> Clásicos Latinos 2 Comentarios | 9,454 visitas
Víctor Hugo, decimonónico él, tenía un célebre dicho: “No hay más que un poder: la conciencia al servicio de la justicia; no hay más que una gloria: el genio, el servicio de la verdad.” La verdad y la justicia, en este caso, las ponía Augusto: es justo, pues, que la gloria se la llevara Virgilio.
A Virgilio el genio no se le puede negar, ni la gloria. A aquel frágil muchacho lo único que le quedaba era su sensibilidad, la búsqueda de la perfección, y la rabia y la necesidad de volar, de representar en sus escritos todo lo que su físico y su parquedad le negaban. Nace en el año 70 a. C., en las proximidades de Mantua, en un lugar conocido como Andes. De padres campesinos con posibles: acomodados terratenientes. Ellos quisieron para su pequeño retoño, como tantos otros padres, una brillante carrera de abogado o de político. Soñaban con que tuviera un impoluto cursum honorum que ellos no pudieron tener. Con estas cosas presentes, se presenta para estudiar literatura en Cremona y después en Milán, donde toma contacto con la lengua griega. A la tierna edad de diez y séis años llega a Roma, en la búsqueda de la perfección retórica que le permitiera abrirse paso como abogado.
Es mala época para él, su natural timidez influye en su escaso don de palabra y su débil físico le impide ganar honores en el campo de batalla. Quizá es algo que de todas formas no buscara… o tal vez sí, no lo podemos asegurar, pero lo que sí sabemos es que, entre poesía y poemas, dirige sus pasos hacia Nápoles, a estudiar filosofía. De esta época son sus primeras obras, reunidas en un volumen llamado “apéndice virgiliano”. Algunas son suyas, sin ninguna duda, otras, sin embargo, no lo son con total certeza. El caso es que en estos poemas encontramos a un Virgilio pueril, joven e influenciado decididamente por la poesía alejandrina, por el círculo neotérico y por la muerte del más célebre de todos los poetas latinos: Catulo.
Poetas más modernos agradecerían el siguiente paso creativo de Virgilio, desde Garcilaso de la Vega hasta Milton, pasando por Lope de Vega, Gessner y Boccaccio: “Las Bucólicas”, el “index” de toda la poesía “pastoril”, que si bien no fue la primera muestra, honor que recae en los “idilios” de Teócrito, sí que fue la más importante y reconocida –no puedo por menos que aconsejar la lectura de Mosco que, para el que escribe estas líneas, es la más alta cota de la poesía bucólica antigua.
Poco a poco se introduce en los círculos políticos y de poder. Su siguiente obra son las “Geórgicas”, poemas de tema agrícola: un canto al campo, a los agricultores, con algunos poemas muy bellos y con alusiones a dos personajes que en esos momentos marcan la vida romana: Octaviano, años después proclamado Augusto y heredero de César, y Mecenas, hábil político que vio el poder de la propaganda en el arte y que protegió y mantuvo a toda una corte de artistas.
Es en este ambiente cuando surge la Eneida: poema épico que narra las aventuras de Eneas, héroe troyano, y ascendente de la familia Julia. Aquí encuentran los romanos un corpus con entronque a la mitología griega y Augusto se confirma descendiente de unos dignos “abuelos”. Es una epopeya nacional, muy sesgada y rebuscada, que si no hubiera sido por el paso del tiempo y por su perfección forma,l sería hoy en día bastante vilipendiada –de hecho, y a lo largo de la historia, ha pasado por momentos de ensalzamientos febriles o furibundas críticas y desprecios-. Sin embargo, es cierto, nadie hasta entonces había llevado la musicalidad en un texto hasta las insignes cotas que Virgilio otorga a sus hexámetros.
Virgilio, a punto de acabarla, quiso visitar los parajes de su poema a Grecia. De camino enferma y a toda prisa debe regresar. Para poco: en Brindisi, en el momento de su desembarco, en el año 19 a. C., cae en cama para no volver a levantar.
En su lecho de muerte dicen que pidió la quema de la Eneida por considerarla incompleta. No le hicieron caso.
En su lápida rezaba una inscripción:
“Mantua me genuit; Calabri rapuere; tenet nunc
Parthenope; cecini pascua, rura, duces.”
“Mantua me dio la vida, Calabria me la robó; me guarda ahora
Parthenope; he cantado los pastos, los campos y los mandatarios”
Nos quedamos con un fragmento de la Eneida, con uno de esos motivos por los cuales Virgilio se ganó acompañar a Dante en su viaje e iluminar a Petrarca en su Cancionero:
“Llegaron a parajes alegres y a los gratos vergeles
de los bosques afortunados, felices moradas.
Aquí se extiende sobre los campos un cielo más amplio y con su luz
rosada los cubre, y conocen su propio sol, sus propias estrellas. (…)Aquí están los que sufrieron heridas en sus manos luchando por la patria,
quienes fueron castos sacerdotes, mientras su vida duraba,
y los píos profetas que enunciaron oráculos dignos de Febo,
o quienes dedicaron su vida al cultivo de artes ideadas
y quienes se hicieron merecedores de ser recordados.”
Preciosa traducción y bellísimas palabras encontradas casi por azar en el blog de Gabriel Laguna, muy recomendado: http://www.tradicionclasica.blogspot.com/
Para que comparéis traducciones os facilitaré otras dos del mismo fragmento, y veáis la importancia que una traducción tiene en el ánimo del lector:
Vinieron a parar a unos lugares alegres y a amenas praderas de los Bosques Afortunados y a las mansiones felices. Aquí, un cielo más generoso y de luz purpúrea baña los campos, y conocen un sol propicio, unas estrellas propias (…) Aquí están los grupos que sufrieron heridas combatiendo por !a patria, y los que fueron sacerdotes castos, mientras tenían vida, y los que fueron adivinos piadosos y hablaron cosas dignas de Febo, o los que alegraron la vida con las artes que inventaron, y los que hicieron que otros se acordasen de ellos con sus merecimientos;
(traducción de B. Segura)
A unos parajes apacibles llegan,
los risueños vegetales que amenizan
el bosque de la dicha, la morada
de bienandanza y paz. Más amplio el éter
aquí los campos de una lumbre viste
de purpúreo esplendor; aquí contemplan
su propio sol y sus estrellas propias. (…)
Aquí los que su sangre por la patria
vertieron, los que fueron sacerdotes
castos la vida toda, los poetas
de excelsa inspiración, digna de Apolo;
los que artes inventaron con que hermoso
hicieron el vivir, y los que méritos
tienen para un recuerdo de los hombres.
(Traducción de Aurelio Espinosa Pólit y editada por cátedra)
De esta manera, y como comprenderéis, es muy difícil hoy en día acercarse a los clásicos, pues encontrar una traducción literaria que respete el sentido y el tono inicial del autor es, en muchos casos, complicadísimo.


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19 May 2008 a las 2:34 pm
[...] PENTESILEA, Von Kleist.3 [...]
23 January 2009 a las 12:38 pm
[...] Si existe una fuente antigua que pueda ser leída y disfrutada como compendio cronológico de mitos, esa es, sin ningún género de dudas, la “Biblioteca mitológica” de Apolodoro, libro ya reseñado en estas páginas, así que no haré más hincapié en él, aunque lo mereciera. Otras fuentes clásicas serían las inmortales obras de Homero, la “Teogonía” de Hesíodo, los “Himnos homéricos”, todas las tragedias griegas, las “Metamorfosis” de Ovidio, la “Eneida” de Virgilio, las “Argonáuticas” de Apolonio de Rodas y diversos poemas de la lírica antigua griega. Estos sobre todo, aunque hay más. [...]