LA AMADA INMÓVIL, Amado Nervo

Si alguno, dependiendo de los humores, se acercara al Cementerio de San Lorenzo y San José en el madrileño Carabanchel, podría sin duda ver, acaso con curiosidad, que en el nicho 213 hay una pequeña placa conmemorativa a nombre de Ana Cecilia Luisa Dailliez. Existe también otra placa complementaria de esta, en el número 7 de la calle Bailén, donde su pobre enamorado, que en su momento suspiró melancólico del otro lado del Manzanares por la muerte de su amor.

Amado Nervo conoció a Ana Cecilia en el Barrio Latino de París. Su romance fue tan secreto que, según se dice, al instalarse en Madrid –trabajando como diplomático-, ni los porteros de su edificio conocían la existencia de tal mujer. Ana Cecilia murió el 7 de febrero de 1912 debido a complicaciones de una fiebre tifoidea. El poeta veló el cadáver en soledad y concibió un epitafio, como homenaje, como recuerdo a modo de poemario. Escrito entre 1912 y 1918, los poemas únicamente vieron la luz póstumamente hacia 1920, y es sin duda su trabajo más hondo, más profundo y desgarrador. «El fraile de los suspiros» como le llamó Rubén Darío, parece hacernos recordar una época perdida, haciendo de la ausencia y de la muerte, una forma extraña de amor y de arte.

A mí no me gusta hablar de los libros. Nunca me ha gustado. Es más, yo creo que de los libros no se debería hablar salvo para presentarlos y apuntarles con el dedo. A mí lo que me gusta es hablar con los libros. Al fin y al cabo, como dice Quevedo («Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos.»), leer es hablar con los muertos.

La amada inmóvil es quizá la forma más descarnada en que esto se nos hace patente. Poemas con títulos tan sugerentes como El fantasma soy yo, ¡Cómo callan los muertos!, ¡Qué bien están los muertos!, Los muertos mandan, ¡Oh, muerte!, La santidad de la muerte o Tanatofilia, hacen colindar, ciertamente, un poemario –que en el fondo trata de ese amor robado por la guadaña- un hacer de esta vida (de la vida del poeta) una perpetua pregunta por la muerte.

«¡Silencio!… ¡Ultrasilencio,

y no más! ¡Oh, no más!

¡Ni una voz en la noche

que nos pueda guiar!»

(ETERNIDAD)

Y lo cierto es que el preguntar por el perdido amor, se vuelve para el poeta la trabajosa tarea de preguntar por su propia muerte… y que nadie conteste.

«¡Qué bien están los muertos

con las manos cruzadas,

con las bocas cerradas!

¡Con los ojos abiertos

para ver el arcano

que yo persigo en vano!»

(¡QUÉ BIEN ESTÁN LOS MUERTOS!)

Siendo esto ya de por sí interesante, lo curioso y aún más revelador, no ya de cosas que incumban a Amado Nervo, a su musa o a la historia de la literatura, sino a la propia noción de «muerte», es que entre sus páginas ya va latiendo la contradicción que encierra la propia idea de morir.

Al fin y al cabo, ¿qué es morir? Como se deduce del mismo título del poemario, Nervo parece en ocasiones coincidir  en que la muerte es el momento de la fijación, de la inmovilidad, de una especie de acabamiento de las aristas de lo vivo: la muerte sería la fría imagen de una tanatografía, la máxima estabilidad y con ello, la manera en que se reúnen en el límite, todo el ser de la cosa.

«En el ataúd exiguo,

de ceras a la luz fatua,

tenía tu rostro ambiguo

quieto augusta de estatua

en un sarcófago antiguo.

Quietud con yo no sé qué

de dulce y meditativo;

majestad de lo que fue;

reposo definitivo

de quien ya sabe el porqué.»

(LA SANTIDAD DE LA MUERTE)

«¡Qué despiadados son

en su callar los muertos!

Con razón

todo mutismo trágico y glacial,

todo silencio sin apelación

se llaman: un silencio sepulcral.»

(¡CÓMO CALLAN LOS MUERTOS!)

O bien, al contrario, nace una sensación de la muerte que es puro vacío, que es cosa si límites, agujero vago y silencioso, fosa común del olvido de los límites del cuerpo: totalmente lo contrario a esa noción de monumento, de eternidad de la muerte; sino pura disolución de lo que es:

«Herméticamente encerrada,

la esencia en sus pomos no se escapará.

Mientras que el espíritu de mi bien amada,

más imponderable, más tenue quizá,

voló de sus labios, redoma encantada,

¡y dónde estará!»

(AL ECONTRAR UNOS FRASCOS DE ESENCIA)

«¡Agujero sin límites, gigante

y medroso agujero,

cómo intriga a los tontos y a los sabios

la insondabilidad de tu misterio!

¡Mas si hay alma, he de hallar la suya errante;

si no, en la misma nada fundiremos

nuestras áridas bocas, ya sin labios,

en tu regazo, fúnebre agujero!»

(LE TOUR NOIR)

Ahora bien, la pregunta que tendríamos que estar haciéndonos es: ¿Cómo se pueden amar los muertos? ¿Cómo es que ese amor es justamente por lo que está muerto? Y por qué en esas dos concepciones diametralmente opuestas se puede llegar a encadenar la contradicción por medio del amor.

Quizá lo que en el fondo la ausencia del amado está demostrando es que el amor sólo puede darse hacia las cosas muertas (por lo menos un tipo de amor, el amor del poeta, el amor descarnado, el amor entregado al «ser») puesto que es justamente en la muerte –en esa muerte que es pura fijación- en donde lo vivo adquiere su verdadero ser. Quizá por eso es que el poeta nunca está más enardecido que con la muerte de la amada, con la ausencia que se hace carne y límite en las fronteras de la propia piel.

Y con los vivos pasará otras tres cuartas partes de lo mismo. El amor (la pasión desmedida) sólo se entrega a lo que está colindando constantemente con la muerte… con el nombre: con la lápida, con el D.N.I. Acaso por ello los enamorados se tatúan los nombres de sus amores en los cuerpos, para que queden fijos. Enamorados de la identidad, de Ana Cecilia y sólo de Ana Cecilia, amándola siempre y en tanto que Ana Cecilia siga siendo Ana Cecilia.

Todo lo que sea movimiento, historia, vaguedad, todo lo que sea vida parece atentar contra ese amor –parece ponerlo en el predicamento de saberse que su objeto, la mujer, el poeta, no están muertos, sino vivos, vivos y tornadizos al vuelo del tiempo-, y entonces ese Amor Ideal (que es Ideal en el sentido de que el amado es ya propia y exclusivamente una sola Idea, y no ya un cuerpo viviente, cálido, vivo e impredecible), se desquebraja.

Ahora bien… a todos los que quedamos abajo, los que estamos del otro lado de los nichos de las tumbas de Amado y de Ana Cecilia, los que estamos del otro lado de las letras de su poemario y los que nos declaramos, así como si la cosa fuese tan sencilla y supiésemos lo que ello significa… ¡los que estamos vivos! Siempre nos queda la triste y desoladora duda de preguntar si acaso se puede amar lo vivo sin llegar a intentar dominarlo, sin intentar someterlo a los límites, sin intentar domesticarlo, sino entrando a él como se entra en esa otra muerte, en la pura disolución, en la pura pérdida. Amando quizá, en el fondo, lo único que tendría sentido amar… todo aquello que no es de uno, todo aquello que siempre es Otro… y es de nadie.

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7 Comentarios en “LA AMADA INMÓVIL, Amado Nervo”

  1. Zen Says:

    Fantástico último párrafo, don Alejandro. ¿No se aleja nunca de la filosofía? Siempre apuntando al centro de la razón, o de la sinrazón.
    Por cierto, que de primeras, viendo la portada, me he preguntado ¿Alejandro haciendo una reseña de un libro de Melchor Miralles?


  2. albatros Says:

    Ostras, pues sí que se parecen. Aunque al único Melchor que conocía era al que va con Gaspar y Baltasar… Pero hombre, si el hombre se escribe algo, pues aquí lo leemos y le sacamos el jugazo, pero según wikipedia lo más cercano a lo literario que ha estado es a delegado del Real Madrid en su sección de Baloncesto. :D

    Y no, creo que nunca me aparto de profundizar en las cosas. Es una manía. Espero que no se haga muy pesado. Abrazos, crack.


  3. estefania alvarez Says:

    ALGUIEN TIENE UNA FOTO DE ANA CECILIA LUISA DAILLIEZ?


  4. luna Says:

    esto esta muy largo yo lo quiero para escribir aganlo mas chico no porque nunca boy a acabar porfavor aganlo mas chiquitito adios ese es mi comentario


  5. kevin Says:


  6. lili Says:

    no me sirve pasmados quiero el resumen


  7. military tuition assistance Says:

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