“¡Ay!, cuántas cosas perdidas…” de LA VOZ A TI DEBIDA. Pedro Salinas.
19 Nov 2007, por angelcaído :: Literatura: Comentarios de libros, :: Poesía 5 Comentarios | 2,702 views
¿Recordáis el cementerio de los libros olvidados, de Ruiz Zafón, ese lugar donde tenían su última oportunidad textos que la atención de los lectores había ido dejando de lado, como si de una destilación de la memoria se tratase? ¿Os acordáis del goblin que David Bowie mandaba a la protagonista en la película Dentro del laberinto, ese duendecillo que le ofrecía a la niña los juguetes perdidos de la infancia: muñecos de trapo, caballitos de madera, mecanos de colores? ¿Dónde va lo que se pierde, quién custodia el extravío, quién gestiona la pérdida? ¿Recordáis el olvido? Pedro Salinas, sí.
¡Ay!, cuántas cosas perdidas
que no se perdieron nunca.
Todas las guardabas tú.
Menudos granos de tiempo,
que un día se llevó el aire.
Alfabetos de la espuma,
que un día se llevó el mar.
Yo por perdidos los daba.
Y por perdidas las nubes
que yo quise sujetar
en el cielo
clavándolas con miradas.
Y las alegrías altas
del querer, y las angustias
de estar aún queriendo poco,
y las ansias
de querer, quererte, más.
Todo por perdido, todo
en el haber sido antes,
en el no ser nunca, ya.
Y entonces viniste tú
de lo oscuro, iluminada
de joven paciencia honda,
ligera, sin que pesara
sobre tu cintura fina,
sobre tus hombros desnudos,
el pasado que traías
tú, tan joven, para mí.
Cuando te miré a los besos
vírgenes que tú me diste,
los tiempos y las espumas,
las nubes y los amores
que perdí estaban salvados.
Si de mí se me escaparon,
no fue para ir a morirse
en la nada.
En ti seguían viviendo.
Lo que yo llamaba olvido
eras tú.
Pedro Salinas
en La voz a ti debida.
A veces, el modo de entender el tiempo se expresa mediante fórmulas; cuando eso ocurre, es que hemos encontrado a un físico teórico: Stephen Hawking, Albert Einstein. En cambio, en otras ocasiones se diserta del tiempo a través de asonancias, y eso significa que nos hallamos ante un poeta. Por tanto, un poeta es, sencillamente, un modo de mirar el tiempo. El tiempo de Gil de Biedma, el tiempo de Aleixandre, el tiempo de Rilke… Si recopiláramos los distintos tiempos de los poetas, estaríamos tejiendo un compendio más allá de lo literario, de las formas, y llegando al centro de la galaxia poética, al centro de gravedad permanente alrededor del cual giran las distintas poéticas.
Y si hablamos de tiempo, de algún modo tendremos que hablar de pérdidas. Así, Antonio Machado entiende al tiempo y su pasar como un ladrón que nos va sustrayendo flechas del carcaj imaginario que portábamos en principio; así, Serrat sostiene que “es el tiempo como un robo”.
La gramática se muestra generosa con nosotros a la hora de proporcionarnos herramientas temporales: pretéritos perfectos (acciones acabadas), presentes continuos (rabiosa actualidad que huele a tinta de periódico recién salido de las rotativas), potenciales (futuros condicionados a ciertas premisas o carambolas del destino)… El poeta está obligado a hacer de todos esos tiempos gramaticales un modo de vida, está obligado, por su condición de estudioso de lo humano, a vivir en todos los momentos posibles de forma simultánea, habitando los distintos estados de ánimo que el choque de tiempos provoca: la poesía se entiende entonces como lo que está más allá de lo visible, o sea: lo revelado, y eso es algo común a todos, y no sólo a los poetas. Ya sabemos, por José Hierro, que “todo el mundo necesita poesía, aunque no lo sepa”. Es indiscutible que hasta los maniquíes que pululan por los pasillos de las empresas más jerarquizadas, esos seres deshumanizados en apariencia, están sometidos a oleadas sentimentales que emanan de su propia vida. O sea, que de la poesía uno no puede escapar, del mismo modo que uno no puede estar más allá de la ley de gravedad o de la cotización a la Seguridad Social, si es que alguien nos ha dado dealta.
Cierta vez hablamos del modo en que Pablo Neruda comparaba dos tiempos: uno pasado, anterior a la llegada de cierta persona amada, y otro presente, gozoso momento de encuentro. En esta ocasión, asistimos al mismo poema, pero esta vez escrito por Pedro Salinas. Y Salinas, ya lo sabemos, no es un alfarero como Neruda, sino algo parecido a un místico laico que todos habríamos querido como abuelo.
Retomamos las preguntas iniciales: ¿Dónde va lo que se le pierde a Pedro Salinas, quién custodia sus extravíos, quién gestiona las pérdidas suyas? ¿Quién recuerda el olvido de Salinas?
Hace tiempo hablamos aquí del tiempo de Salinas; eran otros tiempos, valgan las redunciancias, a todos los efectos. Lo dice el mismo poeta unas páginas más adelante, también en ese delicioso tomo que es La voz a ti debida:
“No, el pasado era nuestro:
no tenía ni nombre”.
¿Qué es, entonces, en este jaleo de tiempos propio de Spielberg, el olvido de Pedro Salinas?
“Granos de tiempo que un día se llevó el aire. Alfabetos de la espuma, que un día se llevó el mar”. Lo efímero. Lo dado por perdido. Y todo, una inmensidad, del tamaño de una playa de granos de tiempo sobre la que la caprichosa ola ha ido escribiendo, fugaces, las palabras, que desaparecían tan pronto como eran leídas por el joven poeta. ¿Leería, al menos, esos versos de espuma Poseidón, el que mece tierras? Ni eso creería Salinas: lo daba todo por perdido, todo por olvidado.
Como las nubes. Las que miró años atrás. E imaginamos a un púber Salinas observando esponjosas nubes, jirones de después de la tormenta, “clavándolas con miradas”, dice. Pobre niño, adónde se le perdieron las formas otorgadas a esas nubes cambiantes. El sumidero del tiempo, en principio, arrasó con ellas, llevándolas allá donde sea que las lleve, junto a los granos del tiempo y a los alfabetos de espuma que citábamos antes.
Y las alegrías, y las angustias, y las ansias. Y el querer. Salinas busca entonces el tiempo, clama por él, maldice a Emmanuel Kant, ¿dónde te has llevado todo?
El místico. El que entiende la luz como algo “vertical”. El que busca a la otra en el azul de los mapas. Salinas, astuto, encuentra un truco: el tiempo no es algo que nos robó. El tiempo es alguien. Un tipo más. Uno más.
“Y entonces viniste tú … Cuando te miré a los besos vírgenes que tú me diste, los tiempos y las espumas, las nubes y los amores que perdí estaban salvados”.
Y, por tanto, el olvido, el temor a haberlo perdido todo, era infundado: la amada actúa como almacén, como guardamuebles de la memoria. Ella lo trae todo.
“Lo que yo llamaba olvido eras tú”.
Y ahora sí, junto a ella, ya fuera de este poema, álgunos versos después de este hallazgo, y también en La voz a ti debida, el tiempo de Salinas se destapa, ya abiertamente, como un personaje. Sin más disimulos:
“El tiempo no tenía
sospechas de ser él.
Venía a nuestro lado,
sometido y elástico.
Para vivir despacio,
de prisa, le decíamos:
“Para”, o “Echa a correr”.
Para vivir, vivir,
sin más, tú le decías:
“Vete”.
Y entonces nos dejaba
ingrávidos, flotantes
en el puro vivir
sin sucesión”.
Comenzamos este comentario atados al tiempo y sus caprichos. Lo acabamos tuteándolo, tratándolo como a uno más. Si esto fuera verdad, Salinas, qué hermosa verdad, aunque fuese mentira. Un poeta más, una gestión más del tiempo. ¿O es un poeta menos? ¿Cuántos nos quedan? ¿Cuánto tiempo?


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19 November 2007 a las 12:27 pm
Sencillamente genial el artículo. Además, creo que es el que más vínculos y referencias tiene a otras páginas de LR. ¿Será cosa del Tiempo?
19 November 2007 a las 5:22 pm
¡Ay!, cuántas cosas perdidas
que no se perdieron nunca.
Todas las guardabas tú.
Sin lugar a dudas, como yo lo veo, Salinas se refiere de forma profética a LR y muchos de sus artículos, por eso es el que más vínculos tiene, porque podrían parecer perdidos, pero NO, porque podrían parecer olvidados, pero NO, que no se perdieron nunca, que simpre estaban ahí, que siempre estarán ahí, que no en LR, que sí en aquellos de alma elereidiana que las guardan en su interior.
19 November 2007 a las 5:26 pm
Mírale, el que renegaba de la poética y de la lírica. Pero qué cosas tan bonitas dices a veces, Zen.
28 November 2007 a las 12:09 pm
[...] 19-11-2007 "¡Ay!, cuantas cosas perdidas…" de La voz a ti debida. [...]
13 December 2007 a las 7:49 am
“Lo que yo llamaba olvido eras tú”.