EL PRÍNCIPE, de Maquiavelo.

Es mejor ganar la confianza de la gente que confiar en la fuerza
Nicolás Maquiavelo (Niccolò di Bernardo dei Macchiavelli)

“El contrato social” Jean Jacques Rousseau, “El espíritu de las leyes” Montesquieu, “Leviathan” Thomas Hobbes, “Uthopia” Thomas More, “Ensayo sobre el gobierno civil” John Locke… he aquí algunas de las bases de lo que hoy llamamos corriente liberal, la matriz del temido pensamiento único, que no pudo tener un origen más plural y heterodoxo. Pero ninguno de estos ensayos es más inquietante, ninguno ha sido más proscrito, aborrecido, ni codiciado que “El Príncipe” de Maquiavelo.

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EL SEGUNDO QUIJOTE DE CERVANTES.

Camino a Zaragoza, donde don Quijote se dirige para participar en unas justas, y estando alojados él y su escudero Sancho Panza en una venta, se abre uno de esos agujeros de gusano en la literatura en los que el espacio-tiempo literario se distorsiona, permitiendo que varios libros comuniquen entre sí, dejando que personajes de distintas obras, escritos por manos diferentes, se miren y se reconozcan, al menos desde lejos. 

El Quijote espera la cena, y escucha cómo, en otra de las habitaciones, dos señores comentan la Segunda Parte del don Quijote de la Mancha.
(Viene de: EL QUIJOTE DE CERVANTES)

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LA CELESTINA.

Si yo les hablo a ustedes de una “vieja barbuda […] hechicera, astuta, en quantasmaldades ay” imagino que muchas pistas no les estoy dando. Si además les digo que es “una puta vieja alcoholada” tampoco creo haberles aclarado nada. Y, sin embargo, esta buena mujer, dedicada y esforzada trabajadora –es a un tiempo “labrandera, perfumera, maestra de fazer afeytes y de fazer virgos, alcahueta y vn poquito hechizera”-, es una de las protagonistas de la obra que trato hoy. Quizás no la más importante. Quizás no la protagonista oficial. Pero sin duda la más conocida. Así que, queridos amigos, de nuevo viajamos. Esta vez no mucho. No salimos de España. Destino: una ciudad desconocida que puede ser, en verdad, cualquiera. Época, finales del siglo XV o principios del XVI. Hemos quedado con una vieja codiciosa, descreída, putañera, tejedora de virgos y experta en instintivas pasiones. Efectivamente, amigos míos, hemos quedado con “la” Celestina.

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EL QUIJOTE, el de Avellaneda.

Ni espacio tengo ni tiempo para relataros aquí como conseguí tamaño tesoro. Tan solo ha de constar que vino a mí y, a través de mí, yo lo expongo. ¿Cuál es –me diréis– tal descubrimiento? Y deja ya –añadiréis– este ridículo concierto, que eres puro tilín tilín y nada de concreto. Pero digo yo que hacer versos malos depara más felicidad que leer los versos más bellos, y que a palabras vanas, u oídos yermos o ruido de campanas; porque, a fe mía y a la de los cielos, quien canta su mal espanta. Y así intentaré, no obstante, responder a la primera y justificar la restante.

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EL QUIJOTE DE CERVANTES.

En un lugar de la Mancha quiso Cervantes situar el origen de las andanzas de su Quijote. No teniendo a bien acordarse del punto exacto en que el hidalgo descuidaba su hacienda en pos de fantasías, muchos han sido los pueblos que han reclamado para sí el ser patria chica de don Alonso Quijano. Nos es igual, al cabo de no sé cuántos aniversarios  -el de ahora es uno más que quedará sepultado entre tantas relecturas- cuál fuera el lugar del mapa en que se posó la mano manca de Cervantes, mientras la otra comenzaba a enhebrar las palabras tejiendo la famosa frase: “En un lugar de la Mancha…”.

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IVANHOE

Hoy toca una novela de aventuras. Con buenos muy buenos, malos malosos, acción, romance e intriga. Como mandan los cánones. Lugar: la alegre Inglaterra. Época: finales del siglo XII. Visitaremos fastuosos castillos y oscuros bosques. Asistiremos a un torneo, a varias fiestas e incluso a un funeral. Y, todo esto, sin salir de casa. Tendremos que dar las gracias a nuestro amable anfitrión: siempre es correcto ser agradecido. Así que gracias, Sir Walter Scott. Gracias por llevarnos de viaje y permitirnos conocer a muy diversos personajes: a Ricardo “Corazón de León”, a su hermano Juan, a Robin de Locksley y, sobre todo, sobre todo, al caballero Ivanhoe.

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EL POZO Y EL PÉNDULO, Edgar Allan Poe.

“No todo se pierde. Si fuese así, no habría salvación para el hombre”, sostiene Edgar Allan Poe en El pozo y el péndulo.
Y afortunadamente, no se perdió la literatura de Poe. Pese a la afirmación de Hemingway: “es un escritor hábil, que construye maravillosamente, pero que está muerto”. Pese a que Poe fue un alcohólico alérgico al alcohol, como descrito por Rafael Azcona. Pese a que su vida resultó corta, turbulenta y trufada de muerte.

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DRÁCULA, Bram Stoker

Como es obvio, tanto nos ocupamos aquí de los mitos que hasta hemos iniciado gustosamente su camino, El camino de los mitos. Sin embargo, ¿cuántos mitos modernos hay? Si exceptuamos el del fantasma de la curva de la carretera y el del Atleti ganando una Copa de Europa, ¿qué nos queda, sino Drácula?

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