MACBETH, William Shakespeare

Es este un característico producto de la editorial Libros del zorro rojo, magníficamente presentado y editado, como no podía ser menos, tratándose de una de las más grandes obras salidas de la pluma del bardo inglés. Las imágenes del grandísimo ilustrador italo-húngaro F. Pintér (1931-2008) añaden dramatismo a una obra ya de por sí altamente dramática. El prólogo de Borges es de todo punto atractivo, informativo y no tiene desperdicio. La traducción de Pujante, ya publicada previamente en la edición de 1995 por la colección Austral, aborda con elegancia un texto difícil ―como lo es toda la obra shakespeariana― tomando una posición propia en algunos tramos, que difiere de la más canónica del Instituto Shakespeare español.

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LAS BODAS DE FÍGARO, de Beaumarchais

Pierre Augustin Caron, Beaumarchais, (París, 1732-1799) dramaturgo, editor, financiero, músico y aventurero francés, es el autor de esta obra teatral que tanto ha dado de sí, no solamente en teatro, sino también en ópera, al recoger la idea Mozart y Da Ponte y producir una de las óperas más deliciosas de su repertorio. Aunque en su caso, hubieron de reducirla, y su libreto sufrió un fuerte marcaje por parte del emperador José I, que quería evitar los sobresaltos de Luis XVI con una obra tan conflictiva.

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EL SEGUNDO QUIJOTE DE CERVANTES.

Camino a Zaragoza, donde don Quijote se dirige para participar en unas justas, y estando alojados él y su escudero Sancho Panza en una venta, se abre uno de esos agujeros de gusano en la literatura en los que el espacio-tiempo literario se distorsiona, permitiendo que varios libros comuniquen entre sí, dejando que personajes de distintas obras, escritos por manos diferentes, se miren y se reconozcan, al menos desde lejos. 

El Quijote espera la cena, y escucha cómo, en otra de las habitaciones, dos señores comentan la Segunda Parte del don Quijote de la Mancha.
(Viene de: EL QUIJOTE DE CERVANTES)

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LA CELESTINA.

Si yo les hablo a ustedes de una “vieja barbuda […] hechicera, astuta, en quantasmaldades ay” imagino que muchas pistas no les estoy dando. Si además les digo que es “una puta vieja alcoholada” tampoco creo haberles aclarado nada. Y, sin embargo, esta buena mujer, dedicada y esforzada trabajadora –es a un tiempo “labrandera, perfumera, maestra de fazer afeytes y de fazer virgos, alcahueta y vn poquito hechizera”-, es una de las protagonistas de la obra que trato hoy. Quizás no la más importante. Quizás no la protagonista oficial. Pero sin duda la más conocida. Así que, queridos amigos, de nuevo viajamos. Esta vez no mucho. No salimos de España. Destino: una ciudad desconocida que puede ser, en verdad, cualquiera. Época, finales del siglo XV o principios del XVI. Hemos quedado con una vieja codiciosa, descreída, putañera, tejedora de virgos y experta en instintivas pasiones. Efectivamente, amigos míos, hemos quedado con “la” Celestina.

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EL QUIJOTE, el de Avellaneda.

Ni espacio tengo ni tiempo para relataros aquí como conseguí tamaño tesoro. Tan solo ha de constar que vino a mí y, a través de mí, yo lo expongo. ¿Cuál es –me diréis– tal descubrimiento? Y deja ya –añadiréis– este ridículo concierto, que eres puro tilín tilín y nada de concreto. Pero digo yo que hacer versos malos depara más felicidad que leer los versos más bellos, y que a palabras vanas, u oídos yermos o ruido de campanas; porque, a fe mía y a la de los cielos, quien canta su mal espanta. Y así intentaré, no obstante, responder a la primera y justificar la restante.

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EL QUIJOTE DE CERVANTES.

En un lugar de la Mancha quiso Cervantes situar el origen de las andanzas de su Quijote. No teniendo a bien acordarse del punto exacto en que el hidalgo descuidaba su hacienda en pos de fantasías, muchos han sido los pueblos que han reclamado para sí el ser patria chica de don Alonso Quijano. Nos es igual, al cabo de no sé cuántos aniversarios  -el de ahora es uno más que quedará sepultado entre tantas relecturas- cuál fuera el lugar del mapa en que se posó la mano manca de Cervantes, mientras la otra comenzaba a enhebrar las palabras tejiendo la famosa frase: “En un lugar de la Mancha…”.

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EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO: William Shakespeare.

El sueño de una noche de Verano, William Shakespeare¿William Shakespeare? Teorías para todos los gustos: que sí murió el mismo día que Cervantes, el 23 de abril de 1616 —aunque según parece diez días separaran las dos defunciones—, que si Shakespeare era un pseudónimo de Francis Bacon, verdadero autor de sus obras, que si tras ese nombre se escondía realmente una compañía entera de teatro, que escribía de forma colectiva los trabajos… De cualquier modo, sus obras de teatro se siguen representando, han llegado a ser parte del imaginario colectivo: Hamlet, Macbeth, El Mercader de Venecia, Otelo… y la que hoy nos ocupa: El sueño de una noche de verano. Shakespeare —fuera quien fuera— sabía cómo perfilar los caracteres de sus personajes, que de personajes pasan a ser, directamente, personas. Están teñidos de un deje de realidad que los hace tan actuales que en ellos reconocemos siempre a alguien conocido. Vamos, que esas historias de pasiones exacerbadas bien podrían haber ocurrido ayer mismo, en la calle de al lado. Que se alce el telón pues, que callen las gradas, que suene la orquesta, que se silencien los móviles, que comienza la función.

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HAMLET, de Shakespeare; todo un poeta.

Hamlet, el príncipe danés, un Edipito con tendencias suicidas que le dan valentía y arrojo en vida, pero que ante la muerte se descubre un cobarde; un personaje que en lo único que destaca es en la ironía gruesa y en sus pusilánimes dudas. Los críticos siempre han querido buscar tres pies al gato, y allí donde ven a Calderón feminista, ven a Hamlet profundo y parecido a Segismundo. A mi juicio, este es un craso error, hijo de los excesos del subjetivismo, que cree ver cosas donde no las hay. La riqueza de Shakespeare es otra. Es la creación poética de comportamientos y caracteres independientes al propio autor: un lirismo inventado y ajeno, el cual no puedo sino aplaudir y alabar.

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